A veces me siento como el monicaco del 31 de diciembre, ese mismo que van a quemar un rato después. Y tener esa sensación es bella, siempre y cuando el reloj no avance, porque yo no vivo ni al ton ni al son del tiempo.



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Esto me pasa siempre que miro la misma esquina desde lejos y veo como dos pares de zapatos tan diferentes en el mundo se acercan a un tercero igual de distinto que los espera.